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viernes, 15 de noviembre de 2019

UNA PREGUNTA INDISCRETA


Hace unos días me encontré sin saber cómo hablando con un hombre de un país lejano que pasaba los últimos días de sus vacaciones en Mallorca. Por esos giros espontáneos de la conversación, la misma derivó hacia la política de su país. Comenzó a hablarme de la excelencia de una ley en concreto, una ley que se había creado hacía sólo unos pocos años, y que tenía como objetivo reducir considerablemente la lacra de los robos y la delincuencia en general. Hablaba de ella como de la ley definitiva. Me comentó que la ley gozaba de una reputación extraordinaria, que era prácticamente incuestionable, que todo intento de crítica hacia ella era automáticamente rechazada y que los medios de comunicación criminalizaban a toda persona pública que se atreviera a ponerla en duda. Además, me dijo que había mucha gente que vivía exclusivamente de ella trabajando en los muchos organismos y asociaciones que se habían creado a sus instancias, y que eso costaba al país 220 millones de euros.

 Me quedé asombrado de que existiera una ley tan eficaz y que creaba tanto consenso, y ya estaba pensando en los trámites para mudarme a su país.

- ¿Y cuánto han bajado -le pregunté- los robos y la delincuencia?

- Ah, eso... En realidad nada.

- ¿Cómo que nada?

- Cuando nos va bien se mantiene en los mismos niveles que había hasta la llegada de la ley, pero lo normal es que suban cada año.

- Creo que no nos estamos entendiendo -le dije-. ¿No decías que esa ley tenía una reputación incuestionable? Pero si no han bajado...

- ¿Qué tendrá que ver?

- Yo creía en mi ingenuidad que la reputación de una ley era proporcional a su competencia para detener los abusos contra los que fue creada.

- Eso es jerga escolástica. Esa ley debe mantenerse a toda costa porque cada vez hay más delincuencia.

- Estamos de acuerdo en que cada vez hay más delincuencia, pero se te escapa un punto crucial, y es que crece a pesar de esa ley que debería frenarla. Luego esa ley es inútil. Además, si cuesta 220 millones de euros y no bajan los robos, quien roba es precisamente la ley.

- Ahora veo lo que pasa -me dijo enfurecido-. ¡Tú eres un fascista! ¡Tú estás a favor de la delincuencia, a favor de los robos; seguramente tú mismo eres un ladrón! ¿Es posible que critiques esa ley? Las personas como tú me dan asco. ¡Ojalá te roben a ti y a tu familia!

 Y después de decir esto a gritos y antes de que yo pudiera responder, ya había desaparecido.

El lector me perdonará esta escena ficticia, pero creo que era necesaria para poder darle una idea del absurdo al que debemos  enfrentarnos quienes nos oponemos hoy día a las leyes de ideología de género. Además, me conviene acostumbrarme a los apólogos, una forma literaria muy útil en tiempos de censura.







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